por Caroline Lantuejoul La salud de la abeja melífera depende de un equilibrio frágil, constantemente sometido a múltiples factores de estrés. Cuando este equilibrio se rompe, Varroa destructor suele ser el detonante invisible. Cada año, colonias aparentemente sanas colapsan bajo la acción silenciosa de este parásito, hoy reconocido como la principal causa de mortalidad de las colonias de abejas.
Con demasiada frecuencia, la presencia de Varroa es subestimada o detectada demasiado tarde, lo que facilita que pueda aprovechar el más mínimo desequilibrio. Identificar los factores de riesgo y estructurar una gestión rigurosa se ha vuelto indispensable para preservar la sostenibilidad de las colonias.

Uno de los mayores desafíos en la gestión de Varroa destructor radica en su capacidad para pasar desapercibido. Aunque es la principal amenaza para la salud de las colonias, actúa de manera particularmente discreta, engañando a menudo la vigilancia del apicultor durante una simple inspección visual de los cuadros.
Esta discreción se basa en dos factores principales: su modo de reproducción oculto y su posicionamiento estratégico sobre la abeja adulta.
La infestación por varroa funciona exactamente como un iceberg. La parte visible —los ácaros llamados “foréticos” que se observan (con dificultad) en las obreras— representa solo una pequeña fracción de la población total del parásito durante la temporada productiva.
La gran mayoría, entre el 50 % y el 90 % de los ácaros, se encuentra oculta dentro de las celdas de cría operculadas. Es en este espacio cerrado e invisible donde la hembra de varroa se reproduce y se alimenta de las ninfas en desarrollo, protegida de la observación y de muchos tratamientos.
Así, una colmena que parece estar en pleno desarrollo puede, en realidad, estar experimentando una explosión demográfica bajo sus opérculos.

Incluso fuera de la cría, sobre la abeja adulta en fase forética, varroa sabe mantenerse invisible. Descubrimientos científicos recientes (especialmente los trabajos de Ramsey et al., 2019) han cambiado nuestra comprensión de la biología del parásito.
Este estudio demostró que varroa se alimenta principalmente de los tejidos grasos (cuerpo graso) de la abeja. Para acceder a ellos, adopta una posición muy específica: muestra una preferencia constante por la cara ventral del abdomen de la abeja adulta.
El ácaro se introduce bajo las placas abdominales, donde el tejido graso es predominante bajo la cutícula. Por ello, resulta prácticamente imposible detectarlo desde arriba al observar un cuadro cubierto de abejas.
Algunos signos visibles en la colmena pueden sugerir una infestación por varroa, incluso sin observar directamente el parásito. Entre los más indicativos se encuentra la presencia de abejas con alas deformadas, asociadas al virus de las alas deformadas (DWV), lo que constituye una señal de alerta importante. Un patrón de cría irregular también puede reflejar una fuerte presión parasitaria, así como mortalidades anormales. Tomados de forma aislada, estos signos no son concluyentes, pero su aparición debe alertar inmediatamente al apicultor. Deben considerarse indicadores de una posible infestación subyacente y dar lugar a una evaluación sanitaria de la colonia, así como a recuentos de varroa, para evaluar con precisión la situación y adaptar las medidas necesarias. Esto permite evitar la varroosis clínica, etapa final que suele indicar un punto de no retorno para la colonia. El monitoreo es una herramienta clave en la gestión del colmenar, tanto desde el punto de vista sanitario como económico:
Estos recuentos, que se realizan periódicamente a lo largo de la temporada apícola, constituyen una herramienta esencial para monitorear la evolución de la presión parasitaria, adaptar las estrategias de control e intervenir en el momento más oportuno. De esta manera, permiten a los apicultores modular la dinámica poblacional de los ácaros y retrasar el pico de infestación lo máximo posible, idealmente hasta que se implemente el tratamiento de verano.
Caso número 1: El 23 de abril, una alerta sobre un colmenar de 20 colonias, marcada por la presencia de algunos zánganos muertos y pupas de zángano en la base de una colmena, generó dudas sobre la salud de una colonia. Se realizó un recuento forético: de las ocho colonias examinadas, el resultado fue de 0 en todas excepto en esta, donde la tasa alcanzó 3,6 ácaros Varroa por cada 100 abejas, un nivel anormalmente alto para la temporada.
Caso número 2: El 28 de agosto, la observación de abejas con alas deformadas en un colmenar motivó la realización de recuentos foréticos en varias colonias. Los resultados fueron significativamente anormales, con una colonia que alcanzó 13,1 ácaros Varroa por cada 100 abejas, lo que indica una presión parasitaria muy alta.
Caso n.º 1 – El fenómeno de deriva: cuando la disposición del colmenar favorece la explosión de la varroosis
A pesar de prácticas apícolas rigurosas (higiene estricta, renovación regular de la cera y tratamiento a base de flumetrina aplicado desde mediados de agosto), la situación sanitaria era crítica y extremadamente heterogénea. Mientras que algunas colonias presentaban parámetros normales con caídas naturales moderadas, otras mostraban caídas explosivas, alcanzando entre 110 y 200 varroas en 24 horas.
Estas colonias gravemente afectadas ya presentaban signos clínicos avanzados: fuerte despoblación, cría en mosaico y cría calva, así como abejas recién nacidas de pequeño tamaño o con alas atrofiadas.
El examen clínico demostró que la causa de esta infestación no se debía a la ineficacia del producto, sino a un intenso fenómeno de deriva provocado por la organización espacial del colmenar. Las colmenas estaban dispuestas de tal manera que algunas, muy visibles en primer plano, actuaban como “colonias trampa”, mientras que otras, menos visibles, se encontraban en segundo plano.
En una disposición densa o lineal, las abejas pecoreadoras que regresan del vuelo tienden a orientarse hacia las colmenas más accesibles, generalmente situadas en los extremos o en primer plano.
Conclusión: una varroosis agravada por la deriva no puede resolverse únicamente con medicamentos. Por ello, se llevó a cabo una reorganización del colmenar y se diferenciaron visualmente las colmenas para limitar este fenómeno.

Caso n.º 2 – Impacto directo de nuestras manipulaciones en la eficacia del control de varroa
Este caso ilustra que un fallo en el tratamiento no siempre se debe al parásito ni al producto. Durante un tratamiento clásico, una de las tiras cayó al fondo de la colmena, dejando de estar en contacto directo con las abejas y, por tanto, con la varroa.
Los recuentos mostraron una disminución de la caída natural de ácaros. En este caso, el fallo fue puramente mecánico: el principio activo no pudo difundirse correctamente en la colonia.
Lección: es fundamental realizar controles periódicos para verificar la correcta posición de las tiras durante el tratamiento.
Caso n.º 3 – Impacto de una infestación precoz elevada y de una baja dinámica de la colonia en la eficacia del tratamiento
En dos colmenares de un apicultor profesional, a finales de agosto, se reportó que un tratamiento era considerado ineficaz tras un mes de aplicación. Las colonias presentaban entonces signos típicos de varroosis de finales de verano, acompañados de una fuerte despoblación.
Se observó en particular una disminución marcada de las abejas recién nacidas y de las nodrizas, lo que refleja un profundo desequilibrio en el funcionamiento de la colonia. Esta situación sugiere que el nivel de infestación ya era demasiado elevado desde finales de julio, comprometiendo la eficacia del tratamiento aplicado.
La falta de abejas reduce el contacto entre los varroas y la molécula activa, lo que limita la acción del tratamiento.
Ante esta situación, se implementaron varias acciones correctivas:
Tras estas medidas, se colocaron bandejas de control, que permitieron observar caídas masivas de varroas en pocos días.

La protección de las colonias de abejas en este entorno de estrés multifactorial se basa en una estrategia de gestión integrada del ácaro. Su principio fundamental es romper con las prácticas tradicionales, es decir, abandonar el modelo clásico que consistía en realizar un único tratamiento al año en una fecha fija.
El tratamiento medicamentoso es solo una herramienta entre otras. Debe ir acompañado de un monitoreo sistemático para detectar cualquier infestación excesiva, tanto antes como después de su aplicación. El apicultor debe basar sus decisiones en los umbrales de daño, garantizando al mismo tiempo la bioseguridad global de su explotación para asegurar la sostenibilidad de sus colonias.
En resumen, ya no se trata de tratar “a ciegas”, sino de construir un plan de manejo personalizado, basado en controles regulares y en la alternancia de herramientas complementarias, en coherencia con los objetivos de la explotación.

Referencias :
por Véto-pharma
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